DEFECTOR – Steve Hackett (1980)

Comienza la convulsa década de los ’80, y como muchos otros artistas de Rock Progresivo, Steve Hackett se ve sacudido por la nociva tendencia a caer en un comercialismo simple y prefabricado. Pero aún en Defector podemos apreciar a simple vista al Hackett más técnico y ambicioso en el plano compositivo, el mismo Hackett de aquel Spectral Mornings que, en esta ocasión, se muestra más introspectivo y, de alguna manera, “relajado”, con leves visos de New Age y música ambiental.

Es un álbum de transición entre su época más creativa y una época marcada por trabajos muy flojos y decepcionantes para sus fans de la que, afortunadamente, conseguiría salir más tarde. Pero éste aún es un imprescindible.

FREE HAND – Gentle Giant (1975)

Ya sabemos que la tónica general en la música de Gentle Giant es luchar contra los dogmáticos convencionalismos musicales, atacando por todos los frentes y saliendo siempre triunfales. Free Hand no se queda atrás, siendo eso sí más accesible que su predecesor The Power And The Glory, y quizá no tan complejo como Octopus o In A Glass House. Lo que sí se mantiene sin duda es su particular forma de entender el Rock Progresivo, como si de una montaña rusa se tratara, con sus subidas, sus bajadas, sus rizos y su emoción. Sus reflexiones, esta vez centradas en la voluntad del ser humano, las decisiones individuales y la libertad, siempre son un aliciente para prestarles 40 minutos de atención a estos músicos que se han hecho muy grandes –gigantes, de hecho, se podría decir- con un simple mandamiento: en la música, nada está prohibido.

Lo único deplorable: la portada. Parece sacada de una mala película de terror de los ’80.

CONCIERTO EN EL TEATRO CIRCO PRICE (MADRID) – Jethro Tull (2012)

Fotografía de Juan Naharro Giménez

En 1972 veía la luz Thick As A Brick, una obra maestra difícil -por no decir imposible- de igualar. Hace unos meses, ya 40 años después de aquel álbum legendario, Ian Anderson decide contarnos qué fue de aquel Gerald Bostock en una segunda parte, con nuevos músicos y un estilo diferente. Comienza entonces una gira mundial de Jethro Tull (ahora presentados como Jethro Tull’s Ian Anderson debido a la marcha del cuasi-sempiterno guitarrista Martin Barre) que el pasado día 12 de julio hizo su paso por el Teatro Circo Price de Madrid. Las entradas estaban agotadas.

Sentado en mi butaca, con una cerveza en la mano y entre un público que, como poco, me doblaba la edad, dio comienzo un espectáculo original donde los haya, plagado de detalles humorísticos al más puro estilo Ian Anderson. El concierto comenzó con la banda vestida con gorro y gabardina barriendo y limpiando el escenario, en el que fueron apareciendo objetos tales como un sujetador o un preservativo aparentemente usado. David Goodier (bajista) comenzó a interactuar con el público de las primeras filas, pasando “lista” entre los asistentes. Anderson aún no había aparecido. Se apagaron entonces las luces, y dio comienzo un vídeo en primera persona -al estilo Duke Nukem, pero sin armas ni sangre- de Gerald Bostock entrando en la consulta de un psiquiatra, donde le recibe una amable secretaria que le invita a pasar al despacho del “doctor”, que no era otro que Ian Anderson disfrazado con una bata blanca y un peluquín ridículo. El doctor invita a Gerald a contarnos su historia, y es entonces cuando se encienden de nuevo las luces del escenario y da comienzo el concierto.

Con los primeros arpegios, la gente comienza a aplaudir. Cuando Anderson comienza a cantar, me doy cuenta de que su voz está literalmente machacada, y apenas es capaz de entonar correctamente, forzando muchísimo su ajada garganta. Esa es, a mi juicio, la razón por la que aparece en escena un “ayudante”, un joven cantante y actor llamado Ryan O’Donnell que personificaba a Gerald Bostock y que cantó la mayor parte de TAAB1 con una interpretación teatral, algo de lo que Ian es consciente de no ser capaz. El concierto continuó con una pulcra interpretación y una “colaboración” un tanto especial: a los 10 minutos de actuación, el grupo hace un parón y comienza a sonar un teléfono. Ian finge recibir una llamada de Anna Phoebe, una violinista que ya había colaborado con Jethro Tull en directo y con quien mantiene una corta conversación. Anderson le dice que está dando un concierto y no puede hablar, que le llame en dos minutos por Skype. Y así es, a los dos minutos, aparece un vídeo simulando la ventana del Skype, en la que se ve a Anna Phoebe tocando el violín, acompañando a la banda durante un fragmento. Incluso, la violinista se permite soltar el violín y enseñar a un adorable bebé en la pantalla, con quien baila durante unos segundos. El resto de TAAB1 es interpretado en su totalidad, alternándose el rol de vocalista entre Anderson y O’Donnell (con una mayor participación del segundo) con una maestría y una fidelidad a la obra original increíbles.

Y arranca TAAB2. Y lo hace con una simulación de un vídeo de Youtube en el que aparece otro de los personajes fictícios del camaleónico Ian Anderson: Archibald Parrit, presentador de televisión de St. Cleve, quien entre bromas nos invita a visitar su granja (con la aparición de perros, gatos, gallos…) para después presentar el espectáculo musical. Arranca entonces la interpretación de Thick As A Brick 2, en la que Anderson tiene una mayor participación vocal -aunque no muy brillante-, y en la que el grupo plasma a la perfección este último trabajo sin saltarse ni un compás. Al finalizar, vuelve a aparecer Parrit, quien nos presenta de forma virtual a la banda, que sale a saludar al público. Cuando la banda desaparece, nos quedamos sentados esperando que volvieran a salir para tocar Aqualung -esto era lo que esperábamos la mayoría, lo que parecía más lógico- pero, cuando vuelven a salir a escena, John O’Hara nos sorprende con los acordes jazzísticos de piano del inicio de Locomotive Breath, una canción que disfrutamos al 100% tanto músicos como público.

Y de esta forma finalizó un concierto memorable, con una buena puesta en escena y acompañado de vídeos e imágenes surrealistas de fondo.

A nivel técnico, destaca la labor de Florian Opahle (guitarra eléctrica) y Scott Hammond (batería), quienes realizaron una ejecución absolutamente perfecta en sus respectivos instrumentos. Goodier y su bajo pasaron totalmente desapercibidos, con una interpretación correcta pero sin florituras, y O’Hara intentó arriesgarse en algunas partes saliéndose de los esquemas, metiendo algún que otro gazapo. Algo que se le perdona teniendo en cuenta su magnífica ejecución de los teclados de Locomotive Breath. Por su parte, si bien Anderson no estuvo (ni mucho menos) a la altura vocal de la obra en cuestión, sí que cumplió con creces a la flauta y la guitarra acústica. O’Donnell trató de imprimir toda la teatralidad de Thick As A Brick con su interpretación y su magnífica voz, que fueron muy dignas a pesar de que escuchar a Jethro Tull en una voz que no es la de Anderson queda “raro”.

Mereció la pena el viaje, el concierto y el agobio que pasé en la capital (los asturianos no estamos hechos para esas temperaturas… ¡ni para esas carreteras infernales!).

CRUELTY AND THE BEAST – Cradle Of Filth (1998)

Hablar de Cradle Of Filth implica hablar, casi obligatoriamente, de esta obra maestra dentro del Black Metal. Cruelty And The Beast supone su salto definitivo a la fama, y convierte a la banda británica en un referente a nivel mundial dentro de su género.

Con más arreglos orquestales, más complejidad y un mayor componente sinfónico, Cruelty And The Beast se presenta como un álbum conceptual basado en la leyenda de la “Condesa Sangrienta”, Erzsébet Báthory. La señorita que aparece en la portada bañándose en sangre es ni más ni menos que Ingrid Pitt, actriz que encarnó a Báthory en la película de terror de los ’70 Countess Dracula, y quien aporta la narración de la condesa en el disco.

Musicalmente, las composiciones son bellísimas, de una teatralidad asombrosa y que nos envuelven en una atmósfera de tensión y terror como pocas obras musicales consiguen. La voz de Dani Filth, gutural y desgarradora como nunca, se suma a la contundencia instrumental de la banda que, si bien brilla en todo su esplendor en cuanto a la ejecución, no consigue el sonido deseado debido a deficiencias técnicas en la producción.

Una obra maestra.

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JOURNEY TO THE CENTRE OF THE EARTH – Rick Wakeman (1974)

Después de presentarnos su primer trabajo en solitario, Rick Wakeman vuelve a la carga con un proyecto mucho más pomposo, pretencioso y, por qué no decirlo, megalómano. Journey To The Centre Of The Earth se grabó en vivo en el Royal Festival Hall de Londres, nada menos que con la participación del coro de cámara inglés y la orquesta sinfónica de Londres.

El álbum es, como cabría esperar, una adaptación musical del viaje al centro de la Tierra según Rick Wakeman. Lo que aquí tenemos es una obra operística increíblemente ambiciosa, más sinfónica y menos rockera, que no hace sino constatar lo que ya se sabía hacía tiempo: que Rick Wakeman es uno de los mejores músicos del siglo XX, y el mejor teclista de la historia.

Es curioso pensar que, tan sólo un año antes, Wakeman había dejado Yes porque Tales From Topographic Oceans era demasiado retorcido, para acabar haciendo obras tan increíblemente densas como la que hoy traigo aquí.

JABBERWOCKY – Nolan & Wakeman (1999)

Vamos con algo de Neo-Prog que, para ser “neo”, es bastante “retro”. Y es que a Wakeman (y esta vez hablamos de Oliver, y no de Rick), se le nota muchísimo la influencia directa de su padre, sobre todo en la forma de componer. Es por esto que Jabberwocky recuerda, en gran medida, a Journey To The Centre Of The Earth, con toda esa pompa épico-sinfónico-progresiva, la abundancia de teclados y la estructura operística.

Después de varios encuentros, Clive Nolan (teclista de Pendragon, entre otras bandas y proyectos) y Oliver Wakeman deciden unir fuerzas para crear un proyecto ambicioso que tendría como base, para esta primera obra, el delirante poema homónimo de Lewis Carroll. Para ello, cuentan con músicos de la talla de Peter Banks (primer guitarrista de Yes) y Tony Fernández (ex-batería de Rick Wakeman) entre otros. Al ser una obra teatral, cuenta con varias voces para encarnar a cada uno de los personajes, siendo el narrador el mismísimo Rick.

El resultado final es majestuoso, y una prueba irrefutable de que Oliver Wakeman merece ser recordado como un gran músico por mérito propio, y no sólo por ser el hijo de una leyenda.

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A WHISKY KISS – Shooglenifty (1996)

Con unos sólidos cimientos celtas, los escoceses Shooglenifty experimentan con la música Folk tradicional, el Jazz y el Rock, dando como resultado un estilo que a mí me gusta denominar Celtic Prog. Con esta fórmula, Shooglenifty ya han conseguido dar la vuelta al mundo, y no es para menos teniendo en cuenta su enorme calidad que, para mí, tiene su máxima expresión en la obra que hoy presentamos.

A Whisky Kiss es un álbum lleno de matices, filigranas musicales, florituras y un sin fin de adornos que, pese a su densidad, no ocultan para nada las hondas raíces celtas de esta banda de Edimburgo. Predominan los violines y las guitarras, aunque las percusiones, el bajo, el bouzouki y el banjo brillan con luz propia en manos de estos virtuosos instrumentistas que trabajan la fusión como pocos han conseguido. Y lo mejor de todo son las letras: no hay. Shooglenifty es una banda íntegramente instrumental, pero no por ello se ve mermada su capacidad comunicativa, ya que su música consigue llevarnos adonde las palabras no llegan.